Retiro Galilea

Ramos Mejía, 1994
El viento movía las hojas de los árboles y estremecía los ventanales del establecimiento. Afuera, casi cincuenta metros cuadrados de pasto verde, con rocas, piedras y troncos de una pequeña cantidad de árboles no eran visibles a causa de la oscuridad de la noche.
De pronto, una figura pasa por al lado de una pila de leños a toda velocidad. La silueta tropieza inesperada y bruscamente, y cae sobre hojas secas y barro. Se puede notar cómo, en un intento desesperado por protegerse, la figura, se tapa la cara con sus brazos mientras los agita. Una segunda indefinida figura se lanza sobre la anterior y comienza a golpearle el estómago. Se oyen gritos. La silueta en el suelo se contrae constantemente para evitar ser golpeada. Más gritos rompen el silencio que solo el viento había tenido la osadía de quebrar. Más aullidos aterradores. Más risas.
Se enciende una luz. Pablo había salido. Se dirige a ambas criaturas y las reta a entrar.
— ¡Nico! ¡Mati! ¿Quieren entrar de una vez? Los estamos esperando muchachos. Y paren de hacerse cosquillas, che... Es raro.
Obedientes, los jóvenes amigos de primer año vuelven adentro de la instalación. La comida estaba lista y ellos embarrados. Pablo, su preceptor, los regañaría más tarde.
Luego de la comida, llegó la hora de dormirse; al día siguiente, el grupo de alumnos volvería a sus hogares. Parecía un auténtico orfanato; una habitación enorme, con las camas separadas a una estricta distancia una de otra, cada una con su mesita de luz. Muchos mencionaron que le causaba escalofríos.
Aún así se pasó una buena noche. Casi perfecta, pero el grupo sufriría más tarde el trauma de su vida. Empezó a la mañana siguiente, cuando Matías se despertó y no lo encontró a Nicolás durmiendo en la cama a su lado. Creyó que se había levantado más temprano, pero el no verlo durante todo el día lo empujó a preguntarle a Pablo dónde estaba.
Éste respondió que no sabía y, preocupado, contó al grupo. Efectivamente, faltaba un chico. Pidió Pablo a todas los adultos del establecimiento notificarlo si lo veían. El hecho de que no aparezca los llevó a ordenar una búsqueda a fondo interpretada por adultos y chicos. Una búsqueda que no tuvo resultados.
Era medio día y Nicolás Pellegrini no aparecía. Para Pablo, era una tragedia considerablemente perjudicial para su trabajo, ya que era él el responsable de la seguridad del joven. ¿Qué le diría al regente de la Institución? ¿Dejaría el colegio de organizar estas actividades? ¿Y el director? Alarmante, sencillamente era una cosa para preocuparse. Una cosa que invadía los pensamientos de Pablo, quien era consciente perfectamente de que toda responsabilidad caía sobre él, y sólo sobre él.
—Son 4:30, Pablo. ¿Qué hacemos?
Con el ceño fruncido, y con la voz de alguien que acaba de perder a un ser querido, contestó:
—Manden a los otros a sus casas. Yo me quedo. Tiene que aparecer.

Actualidad
— ¿Faltará mucho, che?—preguntó Ángel a Fabio, quien no contestó por su permanente manía de escuchar música que le impedía oírlo. Apoyada su sien contra el vidrio, Fabio sufrió una buena sacudida por parte de Ángel.
— ¿Qué pasa, che?
—Nada, dejá.
La antigüedad del micro era notable en cada momento debido al constante movimiento de los vidrios y del chasis. Esta vibración incesante inducía a Ángel a cambiarse de asiento, a uno al lado de una ventana. ¡Quería imitar a Fabio, apoyar su aladar contra la superficie de algún vidrio! Nada lo ponía más nostálgico.
La amiga de Delfina se había levantado de su asiento para ir con los chicos del fondo. Perfecto. Ángel se movió al lado de Delfina cuando ésta se cambió de asiento un segundo antes que él, dejándola ahora contra el costado del micro, y al asiento a su lado libre.
—Uuy, me estaba a punto de sentar —dijo Ángel, casi sin querer y con una risita.
—Uuh, perdoná. Es que... No sé. Me pongo nostálgica cuando me acuesto contra el vidrio, ¿no te pasa a vos? —Ángel se arrepentiría más tarde, pero no respondió. No dijo nada. Prefirió quedarse observando la belleza de Delfina—Sentate acá si querés—golpeó el asiento a su lado.
No se podía negar. Hablaron todo el viaje. Conversaron del Retiro, de con qué se encontrarían allá, cómo serían las habitaciones, qué tan cómodas estarían las camas, la comida. ¿Qué harían? ¿Para qué sería todo este asunto? Dicen, sus hermanos mayores, que el Retiro Galilea es el mejor de todos, junto con el de segundo año. ¿A qué se debería?
También salió el tema de que se rumorea que no siempre hubo Retiros. Se dice que hubo un lustro entero en el cual el colegio suspendió este tipo de actividades. Ésta en especial.
— ¿Ah, sí? ¿Sabés por qué?—indagó Ángel.
—Sólo sé eso.
—Qué raro, ¿no? Después le preguntamos a Fabián.

El frío de Ramos Mejía invadía la atmósfera junto a una neblina espesa que tapaba el Sol. El cielo era más oscuro que claro para ser las nueve y media de la mañana, lo que resultaba espantoso e incluso aterrador. Los vidrios del micro se hallaban empañados, impidiendo ver hacia afuera.
El alumnado abandonó el autobús. Se dieron cuenta, al pisar el a penas húmedo suelo, que hubo un pequeño rocío antes de su llegada. Era pura tierra, más bien barro, sin mucho pasto. La puerta por la que ingresaron, para ser la principal, le daba una mala primer mirada al lugar.
Fue Fabio quien, con todo el prejuicio del mundo, exclamó:
—Uh... Esto tiene mala pinta.
No obstante, el establecimiento era bastante confortable por dentro. Las habitaciones resultaron acogedoras y la climatización casi ideal. Los baños eran perfectos para ser compartidos con amigos solo por dos días. Es decir, parecían estar hechos con esa única y simple función: compartirlos dos días.
—Bueno, bueno—anunció Fabián—Muy lindo todo, pero vamos a dar comienzo al primer retiro espiritual de primer año—una serie de aplausos por parte del curso—. Para eso, les vamos a pedir...
—Eh, Ángel—susurró Diego—. Miralo a Fabio.
Ángel le dedicó una rápida mirada.
— ¿Qué tiene?
— ¡Que está siempre escuchando música! ¿No llega un punto en el que es raro?
—Emm, no mucho. Me parece obsesivo pero...
— ¿Y qué estará escuchando, no? ¿Qué tipo de música pensás que escucha?
—No sé, quiero escuchar a...
—Va, ¿estará escuchando música? ¿Quién sabe si no es un pequeño terrorista que recibe órdenes de su degenerado líder por medio del celular?
—Jajaj. Lo dudo. En tal caso, tendrá que dejar de comunicarse porque en los retiros nos los sacan.
— ¿Los celulares? —preguntó sorprendido.
Ángel asintió y volvió su atención a Fabián.
 —... Entonces, si siguen estas sencillas reglas, van a poder tener un buen Retiro.
 —No. Pará. ¿Qué dijo? Che, Fabio, ¿sabés qué dijo? —Ángel se veía desesperado por saber esas reglas.
—No sé; estaba escuchando música.

Era medio día. Cada chico del alumnado estaba separado de otro. El curso se hallaba disperso en la cancha para once jugadores del fondo. Los habían mandado a responder un cuestionario. Preguntas personales. Preguntas que verdaderamente estaba bueno hacérselas una vez. Preguntas que no siempre nos hacemos.
Al lado de Ángel había un tipo. Él no tenía idea de quién era, pero desde que llegaron que el viejo ese estaba ahí. Con anteojos, un suéter, pantalones, medias y zapatos de anciano, el hombre deambulaba buscando algo mientras susurraba constantemente otra cosa. ¿O susurraba lo mismo que buscaba?
Haciendo jueguitos con su lapicera, Ángel estaba profundamente concentrado en su respuesta. En uno de esos juegos, la birome salió disparada directo a donde el hombre estaba.
— ¿Señor? ¿Me pasa la birome por favor? —pidió educado.
El misterioso sujeto se dio media vuelta, miró la lapicera y luego a Ángel. Tomó la birome y se la entregó en la mano a Ángel. En ese momento, susurró:
—Nicolás, Nicolás, Nicolás. ¿Dónde estás Nicolás?
 — ¿Señor?
Ángel lo miró con el ceño súper fruncido y con cara de raro. Fabián y algunos chicos se habían quedado mirando, también extrañados. A penas el misterioso hombre dejó a Ángel seguir con la actividad, llegó Fabián.
—Ángel, ¿qué dijimos de hablar con ese señor?
— ¿Dijimos algo acerca de hablar con ese señor?—contestó Ángel, con un tono que, a pesar de tener buenas intenciones y ser inocente, sonó a reto.
—Sí, pero por estar en la pavada, no escuchaste. Te vi hablando con Diego.
Ángel estaba a punto de decirle que él sí quería escuchar, y que había sido Diego quien lo distrajo, peor Fabián no lo dejó excusarse.
—No, nada de peros. Ya está. Dijimos que no tenían que dirigirle la palabra por ningún motivo.
—Pero, ¿por qué? ¿Tiene algo?
Fabián miró el suelo y, a regañadientes, replicó:
—A los demás no les dije nada. Conste que ellos también preguntaron, pero bueno... Te voy a dar el beneficio de la duda—levantó la mirada hacia el sendero por el cual se había ido el hombre—. Ese señor fue alumno de nuestro colegio. Sí, así es. Vino acá por un Retiro Espiritual, como vos. Y... ¿cómo te explico? —vaciló— ¿Viste que, no sé si sabés, pero no siempre se hicieron los Retiros? Fue, creo, un lustro de suspensión de ese tipo de actividades. Fue por eso. Por este tipo.
—Pero... ¿por qué? ¿Qué hizo? No me dijiste.
—Mirá, ahora hacé la actividad. Después te digo. Pero ni se te ocurra contarle a ningún compañero tuyo, ¿eh?

Cuando le dijo a Delfina, Ángel estaba pensando en que Fabián no había dicho nada de contarle a compañeras. Además, Delfi y él querían saber por qué no se habían realizado Retiros durante un período. Desesperada, Delfina le replicó por qué Ángel no había insistido en que se lo dijera en ese momento.
—Es que... Bueno, no sé. Es Fabián, viste; no se le puede discutir. Si me argumentaba, él iba a justificarse y viste. Siempre encuentra la forma de ser él quien tiene la razón.
—Bueno, no importa—volvió Delfina—. Hagamos esto: lo esperamos a la noche, antes de la actividad nocturna, y le preguntamos.
—No, pará. Me dijo que no le diga a nadie. Voy y le pregunto yo no más. Si no me mata.
—Bueno. Pero sabé que de una forma u otra alguien más se va a enterar, eh.
— ¿Enterarse de qué?
Una inesperada voz sorprendió a la pareja de amigos. Era una voz un tanto graciosa, un poco aguda, un poco. Una voz para ambos familiar. Una voz que estuvo al lado de Ángel en el viaje en micro, antes de que éste se sentara con Delfina.
—Nunca se saca los auriculares, pero hoy se le antojó escuchar algo que no sea música—se quejó Delfi.
— ¡Ey! —se ofendió Fabio— Estaba a punto de decirles que no hacía falta que me cuenten nada y que pueden confiar en mí, pero ese comentario me estimula a contarles a todos.
— ¿Qué sabés vos de qué estamos hablando? —saltó Ángel, con algo de altanería.
— ¿Quién no lo sabe? ¡Están en algo! Si no es obvio es re sospechoso, chicos. Cómo se miran, cómo se tratan, cómo se ríen cuando están juntos... —Fabio levantó y bajó las cejas con picardía.
Delfina y Ángel se miraron un segundo. Una visual externa hubiese dicho que esa mirada los delataba. Que en esa mirada los dos se decían "Ey, ¿qué le decimos para que no se entere?". Pero en realidad, lo que los dos pensaban era "¿Estamos en algo?". No sabían, y ante la duda Delfina rompió el hielo.
—No, bobito. Queremos saber qué onda ese viejo loco que Fabián no nos deja hablarle.
—Sí, seguro—dijo Fabio sarcásticamente.
—No, en serio, che—testificó Ángel—. Era alumno del cole. Sí, en serio—agregó al ver las cejas ahora arqueadas de Fabio—. Me parece que hay algo más raro de lo que creemos acá.
Fabio se quedó meditabundo. Después los miró a los chicos.
—No, si quieren respuestas, olvídense de Fabián; no les va a decir nada. Pablo no lo deja.
—¿Pablo? —quiso saber Ángel.
—El regente, Ángel—aclaró Delfi.
—Exacto. Diego y yo ya le preguntamos. Sólo nos dijo eso. Y que tiene que ver más con Pablo que con él—hizo una pausa preocupante, en la que logró hacer que Ángel y Delfi escuchen atentos—. Me parece, y sólo me parece, que está relacionado con el pasado de Pablo, cuando él era preceptor. Revisé en la bitácora del complejo. Hay de todo. Desde el principio del establecimiento, cuando fue creado, hasta ahora. Le falta una página, arrancada, eso seguro. Sé que data del '94. En esa época Pablo era preceptor.
—Interesante—expresó Delfina.
— ¿La habrá arrancado él? —indagó Ángel.
—No sé. Me preocupa más qué había en ella, y en dónde está.
— ¡Ay, cuánto misterio! —exclamó Delfi, emocionada—. A ver, decime, ¿dónde encontraste esa bitácora?
—Hay una mesa de vidrio, justo antes de la oficina central, donde está el flaco ese que organiza todo. Uno barbudo. Parece turco.
— ¡Uh, ya sé cuál decís! Vengan, vamos.
— ¿A dónde, Delfi? —la paró Ángel, que ya sabía la respuesta.
— ¡A la oficina del turco! Vamos a encontrar esa hoja. Dale, vení.
Los confiados y preciosos ojos miel de Delfina fijaron su vista en los oscuros ojos de Ángel. Éste contempló a la chica: le tendía la mano, invitándolo a acompañarla. La tomó. Una piel perfecta, suave, sujetó firmemente cada falange de sus dedos. No se pudo negar.

Se hallaba, en realidad, ordenada. Pero el tapizado de las paredes y la tenue iluminación blanca, le otorgaban a la oficina central un aspecto fárrago. Cada armario, cada estante, e incluso el escritorio, parecían estar de sobra. Se podía asemejar con la vivienda de un acumulador. Como si estuviesen en los estantes libros usados por el dueño del despacho a lo largo de toda su carrera como... ¿organizador?
Qué era el contenido de esos volúmenes solo el turco—o tal vez ni él—podía conocer. No obstante, los tres amigos buscaban uno en particular. Ni siquiera; buscaban una determinada hoja.
Aprovechando que en la oficina no había nadie, el trío de amigos comenzó a buscar, primero, con la mirada, pero luego revolviendo cajones y estantes. Fabio y Delfi eran los que buscaban fervientemente. A Ángel se lo veía deambulando el despacho con algo de abulia.
De pronto, Ángel oyó unos pasos y advirtió a sus amigos. Rápidamente Delfina se escondió detrás de una de las puertas, de forma que, cuando sea abierta, la misma puerta la tape. Fabio hizo lo mismo, solo que con la otra puerta. Con el corazón en la boca, y viendo que Fabio y Delfina habían ocupado los mejores lugares para esconderse, Ángel se metió debajo del escritorio del turco.
Una persona entró a la oficina. Ángel sólo podía ver sus botas negras y su pantalón de campo. Con pasos ruidosos, se acercó al escritorio y se sentó en su silla. Se cruzó de piernas, y cada movimiento que hacía con las mismas, obligaba a Ángel a moverse cuidadosa y cautelosamente para esquivarlas. Ángel debía acomodarse de forma tal que la persona no lo tocara ni se diera cuenta de que algo se movía debajo de su pupitre.
En una de ésas, Ángel logra alzar la cabeza y ver la parte de abajo de la mesa. Atónito, notó un papel pegado con cinta. Era una hoja, toda escrita, que databa de 1994.
Tomarla implicaba un ruido al despegarla de la mesa. Ángel tenía que distraer al turco—recientemente identificado—para hacerlo. Pensó en la clásica "arrojada de piedra"; lanzaría algún objeto lejos, esto causaría un sonido sospechoso y, tal vez—y si al turco le llamaba la atención lo suficiente—, se levantaría y se fijaría qué lo causó.
Ángel metió su mano en el bolsillo. Nada. ¿Qué podía hacer? Debía tomarla. Miró a su alrededor, en busca de algo. Pero nada había en esa alfombra grisácea.
De pronto un estallido. No venía de afuera de la oficina, directamente venía de afuera del complejo. Curioso, el turco se levantó y Ángel aprovechó para arrancar la hoja. El turco abandonó el estudio. Fabio y Delfi salieron de sus escondites y, luego de esperarlo a Ángel, salieron corriendo a donde estaban los demás alumnos.
— ¿Qué fue eso? —quiso saber Ángel.
— ¡Un muy oportuno trueno! —dilucidó Delfina— ¡No aguantaba un segundo más detrás de esa puerta!
— Sí, toda polvorienta...—concordó Fabio.
— ¡¡Eh, chicos!! ¡Tengo la hoja!
— ¡¿Qué?! —gritaron casi al unísono Delfina y Fabio.

Eran las 2:15. Era su segundo y último día de Retiro para Ángel, Delfi y Fabio. Estaban en la cancha de once. Todo el curso. Esta vez, era tiempo libre; mientras unos permanecían en ronda, cantando y tocando la guitarra, otros jugaban al fútbol o al rugby, y nunca faltan los que jugaban al truco.
El espacio era inmenso, y los tres amigos están a la sombra de un árbol, leyendo casi apasionadamente la hoja.
"15 de Junio, 1994
Hoy llega otro curso del Instituto de Almagro. Los ahora constantes Retiros Espirituales comienzan a ser la base de los ingresos del establecimiento. Parece que planean seguir realizándolos hasta el fin de los tiempos. Son muchos chicos. Muchos. Por suerte damos a basto.
16 de Junio, 1994
La camada de Almagro pasó una buena noche, pero hoy a la mañana uno de los niños notó la ausencia de un amigo. Se hicieron las 12 y el muchacho seguía desaparecido. Su preceptor Pablo nos ordenó firmemente que buscáramos fervientemente en todo el complejo y en todos lados. Invadimos cada zona, cada rincón, cada lugar, cada árbol, cada habitación... Pero ese chico nunca apareció. Pablo dice que habló con el regente del Instituto. Dijo que estas actividades van a ser canceladas. No dijo cuánto, y me preocupa. El curso regresó al colegio, pero Pablo y otro chico se quedaron. Ese chico, el que se quedó. Ése, quedó traumadísimo. Perdió a su amigo, y se negaba a volver a casa sin él. Finalmente, Pablo y el complejo se comieron las peores demandas de los padres de Nicolás Pellegrini, el desaparecido, que para colmo eran abogados. Pudimos pagar de casualidad, y con la generosa ayuda del colegio. A Pablo, casi lo despiden, y el complejo va a ser supervisado constantemente y hasta diariamente por algún burócrata del gobierno. El nene que se quedó, no se va. Pregunta todo el tiempo por Nicolás. Los padres de éste nos obligaron a cederle alojo. Parece que vivirá acá. Además, fue requerida la supresión de esta página en la bitácora."
Ni bien terminaron de leerla, Fabián anunció que ya había que subirse al micro para volver. Meditativos, los tres muchachos se sentaron cerca. Delfi ganó el lado de la ventana.
—Esperen, ¿entonces Pablo arrancó la hoja? —preguntó Fabio, confuso y, nuevamente, con auriculares.
—En realidad, la hoja dice que se ordenó la omisión de ese documento. No dice que haya sido Pablo quien la arrancó personalmente.
—De todos modos, no se omitió—dijo Delfi—. Quiero decir, cuando se ordena la eliminación de un documento, no lo pegan abajo de un escritorio con cinta de papel. Por lo general se quema o tritura. Me parece que esta hoja fue conservada como consecuencia de un acto de rebeldía. No creo que se sepa de la actual existencia de la hoja. Es más, estoy segura que, si buscamos en los archivos, figura como destruida.
Una lluvia coposa comenzó abruptamente. Los vidrios eran poblados por pequeñas gotas que se quedaban como pegadas a ellos. Desde adentro se podía escuchar el impacto de cada gota contra el techo del colectivo. También se podía observar el mismo fenómeno en el suelo, en la tierra, en los ahora mojados yuyos. Ángel comenzó a sentir frío.
 El micro no se estaba moviendo todavía. No había ni arrancado. Fabián hablaba algo con el chofer. Cada tanto, los dos bajaban a ver el motor. Ángel empezaba a creer que el micro estaba averiado. Cada vez que Fabián o el chofer entraban, sus rompevientos estaban más empapados.
Fabián pidió silencio.
— Bueno, eh... Chicos, como verán, se nos está complicando la salida debido a un defecto en el motor. No sabemos qué es, pero llamamos a un mecánico, que parece que se niega a trabajar con lluvia. Así que, hasta que deje de llover, estaremos acá en el micro. Por favor, avisen a sus papis.
 —Qué raro—exclamó Ángel—. Yo quería preguntarle todo esto a Pablo cuando llegáramos.
— ¿Estás loco? Te va a matar. Encima con esa cara de perro enojado que tiene...
—Es verdad, vamos a tener que averiguarlo por las nuestras—apoyó Fabio.

La lluvia le resultaba preciosa a Ángel. Era una de las cosas que más amaba de la vida, del mundo, para ponerlo de alguna forma. Ésa en particular le alegraba el alma. Se sentía en paz. Así que cerró los ojos y se apoyó sobre Delfina. Y durmió. Delfi, inducida por los mismos sentimientos que su amigo, apoyó la sien contra la ventana y también cerró los ojos. La pareja de amigos terminó abrazándose mientras descansaba. El brazo de Ángel rodeaba la cintura de Delfina mientras ésta descansaba el suyo sobre el hombro izquierdo de él.
 Ángel sonreía mientras dormía. Váyase a saber qué soñaba. O en qué pensaba. Qué sentía.
Los despertaron unos suaves toques de Fabio. Ángel y Delfina se desadormecieron lentamente. Tuvieron un cruce de miradas en el que se podía ver que se dijeron "¿Qué hacíamos, che?" Pero esa pregunta no insinuaba que estaban haciendo nada malo, más bien... por qué lo hacían. ¿Con qué derecho podían dormir juntos?
—Eh, tórtolos, despierten, dale. Parece que nos quedamos otra noche.
— ¡¿EH?! —gritaron Ángel y Delfi al unísono.
—Al mecánico ese se le complica para venir. Fabián ya les avisó a los papá de todos. Ah, y escuchen esto: Pablo está viniendo.
—¿En serio? —exclamó Delfi, en una mezcla de entusiasmo y preocupación.
—Sí. Parece que los papás pidieron que haya otra autoridad que influya más respeto o algo así. Ahora agarren sus cosas, que volvemos al complejo.
Se trasladaron del micro al establecimiento pisando y salpicando barro producido por la lluvia. Era de noche, para sorpresa de Ángel. Los iluminaba una luz externa del complejo distorsionada por la humedad en el aire. El calabobos los empapó y se sacudieron cuando entraron.
Eran las ocho y Fabián dijo que los que se querían dormir que suban a las habitaciones, y que los demás tenían hasta las diez para quedarse a jugar un rato. Delfi, Fabio y Ángel se quedaron jugando al truco, junto con una amiga de Delfi, Flor. Chicos contra chicas, por su puesto.
—Envido—cantó Ángel. Delfi y Flor se miraron, pero luego dijeron:
—Mmm... No queremos. Truco—dijo Delfi, mirando desafiante a Ángel.
Fabio levantó las cejas.
—Quiero re-truco—profirió Ángel fervientemente.
—Quiero vale cuatro—insistió la chica.
—Quiero—fue la respuesta de Ángel quien, sin consultar a su compañero de equipo, contestó de manera firme y segura.
Sobre la mesa—en realidad, estaban jugando en el piso sentados— cayó el tres de oro de Ángel, el ancho falso de Flor, y el ancho de basto de Fabio.
— ¡Ajá! ¡Y con esto ganamos la partida! —festejó Ángel y acto seguido chocó las manos con su amigo— Ahora nos tienen que responder cualquier cosa que les preguntemos, o bien un reto.
Pero había una carta que no había tocado la mesa. Era la de Delfi, que estaba apoyada haciendo base en la punta de su nariz y haciendo tope con su frente. El obviamente predecible ancho de espadas.
Mientras Fabio se reía de su fortuna, Ángel lloraba y pataleaba; no se la podía creer.
—Naah... ¿Qué probabilidades había? —se quejó.
—Y buen... —dijo Flor entre risas—Ahora nosotras los retamos a ustedes.
— ¡Eso! Yo lo reto a Fabio. Vos a Ángel—sugirió Delfi, que más tarde se tendría que arrepentir.
Fabio se quitó los auriculares y prestó atención a Delfina, como diciendo "A ver, ¿qué querés?" Ésta le ordenó bailar.
—Olvidate. Ni loco—se negó el pobre.
Finalmente, el embarazoso bailecito de Fabio fue grabado por Florencia y hasta subido a Internet. Fabio no piensa volver a jugar al truco nunca más. O, por lo menos, no apostar.
—Ahora yo—parecía que Flor se venía con un reto incomodísimo para Ángel— ¿Te gusta Delfi?
Segundo y medio de silencio. Exactamente.
—No, pará. Mejor: ¿Qué hay entre vos y Delfi?
Dos segundos de silencio en el que seis ojos clavaron su vista en Ángel.
—No, pará, mejor la de antes. Éso se lo puedo preguntar yo misma a Delfi. Me interesa saber si te gusta.
Ángel no se sentía intimidado por la fija mirada de Florencia o de Fabio. Pero el nudo en el estómago se lo provocaron los hermosos, preciosos, brillantes ojos miel de Delfina. Su pelo rubio, bellísimo, sus labios escondidos ahora en su boca, y el nerviosismo que a ella también dominó generaron a Ángel una sensación de tener el corazón en la garganta. Empezó a sentir cómo se ruborizaba, cómo enrojecía.
Ahora, ¿qué causaba semejante incomodidad? Tal vez, la reacción de su inseparable amiga ante su respuesta. Su contestación era la fina línea que lo separaba de perderla totalmente como amiga, o que se enojara por ese crucial dictamen. No podía perderla. ¿Qué respondía?
—Bueno, chicos—anunció Fabián inesperada, afortunada y oportunamente—. Vamos yendo a descansar y a esperar que esta lluvia pare.
— ¡No, pará! —gritaron al mismo tiempo Fabio y Flor.
Flor y Fabio se pararon y suplicaron más tiempo. En ese momento, Delfi lo miró a Ángel, y Ángel lo notó. Sin previo aviso y de manera un tanto brusca, Delfina se levantó y subió a las habitaciones a paso apretado, por no decir rápidamente.
Ángel temió lo peor y la siguió. Subió hasta las habitaciones. Estaban todas las camas vacías menos una. Casi en el centro del enorme salón, estaba Delfi sentada. Despacio, como pensando cada paso, Ángel se sentó a su lado. Delfi no subía la mirada, y Ángel no paraba de mirarla.
— Por favor no te ofendas. Quiero que sepas que...
— ¿Que qué?
La abrazó. Delfi se apoyó en él. Luego Ángel le tomó las manos y, para que suba la mirada, le levantó el mentón.
—Delfi, mirame a los ojos.
La lluvia iba aumentando y transformándose abruptamente en tormenta. Los primeros truenos resonaron y la luz se fue. El corte repentino de electricidad no fue un factor que haya cambiado la conversación. Cada tanto, la luz de un relámpago ingresaba por una ventana a iluminar el rostro de Delfina.
—Ángel, no estoy enojada. Estoy confundida. Nos re queremos, nos entendemos. Desde principio de año que tenemos esta confianza. Somos el uno para el otro. No puedo dejar de pensar en vos, sueño con vos, canto con vos. Pero... No sé. Te noto cerrado. Como si no quisieras llegar a algo más. Y... a veces... A veces pienso que me usás. ¿Por qué tanto amor?—ninguna respuesta—. Ángel, ¿me amás?
La seriedad con la que Delfina hizo esa pregunta lo empujó a Ángel a cerrar la conversación con un beso. Sintió la suavidad de los labios de la única persona que le importaba en esos momentos. Cómo su nudo en el estómago se adaptaba al sonido de la lluvia, cómo su corazón palpitaba más rápido que lo normal eran cambios visibles en Ángel. Tomó a Delfina por la cintura, y ella rodeó su cuello con sus brazos. Ángel no pensaba soltarla. Y así, con esa lluvia, en esa circunstancia, a esa hora, en esa cama, Ángel le explicó a Delfi:
—Me costaba resumir la respuesta a lo que me preguntó Flor, porque...  Porque el número de cada gota de la lluvia impactando contra el suelo y los techos no alcanza para enumerar las razones por las que te amo, Delfi. Sos única. Tenés esa sonrisa hemosa, que confieso que te envidio. Esa sonrisa que me puede alegrar el peor de mis días. Agradezco que hayas decidido compartir tu personalidad conmigo, porque la amo y valoro. Tenés actitudes que te definen mucho, y que te hacen la persona que sos. Tenés esa locura que todos comparamos con alegría—la besó de nuevo—. Sí, Delfi, te amo—un silencio hermosísimo, en el que la único que se atrevía a romperlo era la lluvia, inundó el salón.
—Yo más. Pero ahora, tenemos que hacernos los bobitos, y seguir enfocándonos en el misterio de Pablo, ¿dale? Para variar.
—Me parece bárbaro—dijo Ángel con una sonrisa. La joven pareja se puso de pie y se encaminó a la salida— ¿Por qué se habrá cortado la...?—Ángel no pudo terminar porque se tropezó con algo. Cayó al suelo y Delfi lo ayudó a levantarse.
Estaba todo oscuro, y la única razón por la que sabían dónde estaba la salida era por los relámpagos que anteriormente les dieron una vaga idea. Delfi sacó su celular y alumbró para ver con qué se había tropezado su novio.
Repentinamente Delfi hizo una mueca de terror y dejó caer su celular. Gritó fuertemente y salió corriendo. Extrañado, pero también asustado, Ángel tomó su celular y encendió el flash.
— ¡Dios santo! —aulló y volvió a caer, al ver el putrefacto y muerto rostro de un anciano.
Ya en el piso, se fue arrastrando hacia la salida, empujándose con su pierna derecha. Era el cadáver del hombre que le había devuelto la lapicera. Sin duda.
Ángel intentó controlarse. Quiso correr pero alguien lo levantó. Lo estaban agarrando por el cuello de la remera y levantando unos centímetros del suelo. Su teléfono móvil cayó y el led incorporado iluminó la figura del hombre que lo sostenía. Tenía un pasamontañas. Pero Ángel logró ver unos ojos celestes.
¡PUM! Piña en el estómago.
Ángel cae al suelo adolorido. Nuevamente comienza a arrastrarse. Gateó hasta la salida. Intuye que lo van a matar. Tiene miedo. Desesperado, corre hasta la salida, pero se choca con alguien. Todo negro todavía. Un haz de luz lo cegaba.
— ¿Qué pasa? —preguntó una voz grave. Una voz que Ángel cotidianamente escucha a la mañana en la formación. La voz del regente.

Ángel estaba tirado en el piso, a los pies de Pablo. Detrás de éste estaban Fabián y el turco. El regente del Instituto le ordenó levantarse a Ángel, quien se hallaba casi traumado. Pablo deja de cegarlo con su linterna y le vuelve a preguntar algo.
—¿Qué pasó? —interrogó firme y con una voz gruesa que inspiraba más temor que respeto. Sus bigotes puntiagudos e inclinados hacia abajo resaltaban con el brillo de las linternas del turco y Fabián. Era visible entonces su cara de perro enojado.
—Ee... eh... A... Adentro—vaciló Ángel mientras señalaba con un tembloroso dedo índice.
— ¿Qué hay adentro? —quiso saber el turco.
Pablo miró seriamente la oscuridad de las habitaciones. Luego las iluminó. Entró con autoridad y sin ningún tipo de temor. Una ventana estaba abierta. Abajo, del lado de adentro, unas manchas de barro. Pablo las siguió con la linterna hasta la cama en donde habían estado hace poco Delfi y Ángel. Vio el cadáver. Pablo corrió bruscamente a la ventana y se apoyó en el alféizar. Afuera seguía lloviendo y sólo divisó unas pisadas que se alejaban. Lanzó un insulto.
—Lo sabía...—susurró.
— ¿Qué pasa? —interpeló, algo furioso, Fabián.
Pablo por su parte mantuvo la mirada fija en el exterior del establecimiento. Ojos bien abiertos, y con un rostro incrédulo, ordenó:
—Cierren el complejo—lo señaló al turco, pero seguía mirando para afuera—. Que nadie entre ni salga. Quiero cada puerta y ventana trabada y con llave—profirió.
—En seguida, Pablo—dijo el turco, y abandonó el salón.
—Fabián, que los chicos duerman abajo, en el comedor. Muevan las mesas y que preparen sus bolsas de dormir. Nada a los padres. Ninguna palabra.
— ¿Qué vas a hacer vos?—indagó Fabián inocentemente.
—Voy a llamar al 911 para que patrullen la zona. Mientras, voy a hablar con estos chicos—y recién después de pronunciar esas palabras, desvió la vista del exterior y se volteó para mirarlo a Ángel—. Vení.
Ángel, todavía alterado, a penas logró seguir a su superior. Pablo lo llevó a la oficina del turco. La silla con ruedas de éste estaba vacía, detrás del escritorio. Delante, había otras dos. En la de la derecha, Delfi intentaba sollozar en silencio.
Pablo cerró la puerta ni bien entró. Serio, se sentó en frente de los niños y los miró no con una mirada comprensiva ni afectuosa, más bien fría y severa. Había un aire a interrogatorio.
—Bueno, he nos aquí. ¿Qué pasó exactamente?
— ¿No debería preguntarnos cómo nos sentimos, si estamos bien?—saltó Ángel, ahora recuperado de la conmoción de los sucesos. Estaba furioso. Con él mismo, por un lado y por alguna razón. Y por la insensibilidad de Pablo por el otro. Tal vez, si fuese solo con él, la pasaría por alto. Pero Ángel no iba a tolerar semejante frialdad ante el impacto que estos acontecimientos le causaban a Delfina. Ella tenía que sentirse entendida y segura con sus amigos. No cuestionada ni interrogada.
—Voy a hacer una excepción, y voy a comprender su tono, señor... ¿Ojeda? ¿Es así?
—Así es—confirmó Ángel.
—Haré una excepción; intentaré entender a qué se debe esa rebeldía en su tono, únicamente porque, hoy, Sr. Ojeda, está justificado—hubo un fijo y retador cruce de miradas entre los dos hombres de la habitación—. Le repetiré, ¿qué sucedió allí dentro?
Ángel estaba a punto de gritarle que lo explicara él, que todo esto estaba seguramente relacionado con él, y que sabía lo de Nicolás Pellegrini, y a quién pertenecía el cadáver de las habitaciones. Lo que ignoraba, era la identidad del sujeto con pasamontañas de ojos celestes. No obstante, su papá bien le había enseñado que la mejor guerra es la que se evita. Se relajó, y prosiguió de forma calmada, pero con la osadía de intentar hacerle decir algo de Pellegrini.
—La estaba ayudando a Delfi a buscar algo en la mochila. Cuando queremos volver nos tropezamos con el vie... Ejem... Con el hombre aquel. Delfi corrió por el susto. Yo seguía en el piso. Entonces me agarraron del cuello de la remera y me levantaron. Me pegaron una piña en el abdomen y caí al piso—Ángel meditó un segundo—. La verdad, no se cómo hubiese terminado si usted no hubiera llegado.
— ¿Eso fue todo?—inquirió Pablo, como buscando más respuestas— ¿Lograron ver algo del asesino? ¿La cara? ¿Algo?
— ¿Intuye que fue él el asesino?
Ángel nunca dijo haber visto al hombre del pasamontañas asesinar al anciano, por más que haya sido lo más probable. Pablo lo miró a Ángel con cara de pocos amigos y el chico supo interpretarla.
—Perdone. Llevaba un pasamontañas; sólo se el color de sus ojos.
Pablo se levantó y apoyó sus manos en el escritorio. Con ojos bien abiertos, preguntó lentamente:
— ¿De qué color?
—Azules—respondió Ángel, extrañado de la actitud de su regente.
Pablo se tomó la cabeza. Se sentó y se puso a pensar. Estuvo así varios segundos. De pronto, se paró y se encaminó a una estantería. Separó unos libros viejos y sacó un papel amarillento.
Era un diario viejo. Antiguo. Ángel solo llegó a leer la noticia del lado que Pablo no leía. Sin ponerlo sobre la mesa, el regente lo leyó y miró, sorprendidísimo. Luego, curiosamente, lo guardó en su bolsillo. Ángel lo notó boquiabierto.
—Váyanse—ordenó descaradamente—. Y llamen a Fabián o al turco. Al primero que se crucen. ¡Ya!

La lluvia no cesaba. Ángel podía verla y escucharla a través de los enormes ventanales que daban a la cancha de once. A su lado, envuelta en su bolsa de dormir, descansaba Delfi. El piso estaba frío, por eso Fabián había repartido un acolchado cada dos para separarlos del suelo y dormir sobre él. Ángel lo compartía con Delfina. Generalmente, Delfi lo hubiese compartido con Flor y Ángel con Fabio, pero Delfi insistía en no separarse de su novio, dados los sucesos de esa noche.
Ángel estaba teniendo dificultades para dormir. Levantó su almohada y miró los ventanales. Observó cómo el agua goteaba por ellos, acariciándoles sus frías superficies. Podía sentir el viento impactando contra el vidrio, causando una pequeña vibración en el marco de la ventana.
Se puso a pensar. Y Ángel tenía eso de pensar con mayor claridad, meditar más profundamente, a la hora de dormir. Así que cerró los ojos y pensó. Pensó en cómo había reaccionado Pablo cuando le dijo de qué color eran los ojos del hombre que lo había golpeado. Pensó en ese "Lo sabía" que susurró cuando miró por la ventana. Pensó en que le resultaba raro que ese viejo haya sido asesinado. ¿Quién lo querría muerto? ¿Por qué? Es sólo un anciano... Ángel era consciente, gracias a la hoja que encontró en la oficina del turco, de que se trataba de Matías, el amigo de Pellegrini que se negaba a abandonar el complejo sin Nicolás. Ése al quien, por medio de un juicio, el turco se vio obligado a darle alojamiento.
Eso era otra cosa; ¿esa hoja habría sido escrito por el turco, o por su antecesor en el puesto? Eso quería decir que Pablo y él tenían más o menos la misma edad, y seguramente ya se conocían de mucho tiempo atrás.
Pero Ángel quería ordenar todo cronológicamente. El 15 y 16 de Junio de 1994, algún curso del Instituto tenía agendado su Retiro Espiritual. Matías, miembro del curso, se despertó al día siguiente y notó la ausencia de Nicolás Pellegrini. Pablo entonces era lo que ahora Fabián es para Ángel. Él y Matías lo buscaron pero nunca apareció. No se sabe qué le pasó todavía. Podría estar vivo. El gobierno lo dio por desaparecido.
Ahora, Matías fue asesinado y se desconoce quién lo hizo. ¿Por qué matarlo ahora, tantos años después? Un momento, ese viejo no puede ser Matías. Es imposible. Esto fue hace hace alrededor de cinco años. Matías debería tener 15 años. Y ese hombre tiene alrededor de 70. Tenía. ¿QUIÉN ERA ENTONCES? ¿Y dónde estaba Matías?
—Ángel—susurró Delfi.
—Sí, decime.
— ¿A vos también te está costando dormir?
—Sí, está complicado. ¿Vos estás bien?
—Estoy pensando. Pero igual sigo asustada. Más bien preocupada. Ah, te quería decir algo—Ángel escuchó—. Fue culpa mía. No tuve que haber corrido como una nenita re asustada. Si me hubiese quedado...
—No—la paró Ángel—. Si te hubieses quedado no hubieras podido hacer nada, y te habrían lastimado a vos también. No es momento de echar culpa a nadie.
Delfi se apoyó en él y dijo:
—Siempre tan sabio mi novio. Che, ¿se sabe por qué se cortó la luz?
—Nah, ni idea. Capaz fue el tipo ese de ojos celestes. Va, es lo más seguro.

—Qué loco todo esto, ¿no? —comentó repentinamente Delfi—Medio bizarro—Ángel asintió—. Me quiero ir a casa che... No aguanto más tanta paranoia. Quiero subirme al micro y nunca más volver a este complejo. 

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