La autobiografía jamás escrita por Miguel Suárez

Se trataba de un libro viejo, olvidado, que encontré guardado cuidadosamente en un cajón de mi papá. El tiempo no le había hecho nada bueno a sus páginas, algo amarillentas y corroídas. Un olor, para mí agradable, brotaba si acercaba mi nariz. Un aroma que yo llamaba "olor a libro viejo". La tapa no mostraba nada más que el título: "Autobiografía del lector". Cuando lo tuve en mis manos, sabía que estaba cargando una auténtica reliquia.
Estaba a punto de leer la reseña cuando oí que alguien subía las escaleras. Papá entró apurado:
—Che, ¿viste mis llaves? —entró irrumpiendo.
Esa entrada violenta me sorprendió, y papá logró ver el libro. En cuanto lo miró, su rostro reflejó horror y temor, lo noté, lo conozco. Se olvidó de las llaves, de que llegaba tarde para ir a la cancha y volteó su atención al libro. Me quedé sosteniéndolo y no dije nada. Papá pareció entender que yo no sabía que no debía tomarlo.
—Em... —titubeó—No... No lo toques. Te digo siempre que no toques mi cómoda—me lo quitó de las manos, lo lanzó con intención dentro del cajón.
Luego—y para mi sorpresa—se dejó caer en la cama. Se tomó la cabeza y se quedó pensando. Sacó su celular del bolsillo y, antes de decirme que me vaya, envió un mensaje. Yo fui a mi habitación cuando sonó el teléfono de línea. Papá atendió y comenzó a conversar con la abuela. Yo aproveché y, con la excusa de que iba al baño, conseguí leer el mensaje que había mandado papá: "Che, vamos a tener que ponerlo bajo llave eh"

Mariano tenía una habilidad, un don: podía acertar el nombre de una persona con sólo verla. Si a él le parecía, le decía: "Che, ¿vos te llamas Tomás?" Así lo conoció a Tomás. Y a mí más o menos de la misma manera.
—Eu, vos tenés pinta de Leandro—indagó con una cara deductiva.
—Jajaj. No, no. Yo soy Nahuel.
Claro, un nombre poco común, difícil de acertar; nadie tiene "pinta de Nahuel". Tomás, Mariano y yo somos amigos desde primer año, y pasamos ya dos años de secundaria en los que vivimos de todo. A Tomi sí que lo conozco desde chico, pero con Mariano, ¡es como si desde siempre fuésemos amigos!
Ya habían pasado dos años cuando, aquel día, creí ver a la chica más bonita del colegio. Tenía unos ojos que difícilmente podía quitar de mi cabeza. Unos ojos que, al verlos por primera vez, entendí lo que Héctor Germán Oesterheld quiso decir al describir la mirada de Juan Salvo como "ojos de abismo", en "El Eternauta"; una vez que mirabas esas dos canicas negras, con notables
puntos blancos que brillaban, te sumergías en lo profundo de un abismo infinito, del cual costaba emerger. Una perfecta simetría se veía al comparar su sonrisa. Cada diente era tan blanco como la leche, fruto de una negligencia que, a pesar de eso, no volvía su sonrisa poco envidiable. Ésta y su mirada convivían de una forma única con su ondulado pelo. Ese pelo... Era como si cada onda de cada cabello estuviera meticulosa y precisamente calculada para que brinde una combinación sencillamente preciosa.
A pesar de no encontrar una buena forma de describirla, me parece que la mejor palabra para hacerlo es esa: preciosa. No importa lo corta que se quede.
—Apa... Eh, Nanu, mirá a esa chica—dijo Tomás, como si no la hubiese fichado ya.
— ¿Cuál? —quiso saber Mariano.
—Ésa. La de mochila verde—respondí. Tenía que saber su nombre. ¿Cómo nombrarías a alguien tan hermosa?— ¿Cómo creés que se llame, Marian?
Éste observó a la joven, indudablemente de primer año, y con una belleza que sólo podía corresponder a Comunicación Social. Estuvo casi un minuto. Nunca había tardado tanto.
—Un nombre de origen... tupí, aborigen. Probablemente guaraní—son éstos los momentos en los que sospecho del don de mi amigo—. Pero lindo nombre.
— ¡Y pero decime el nombre!
—Iara.
Me enamoré en el preciso instante en que eran pronunciadas la "I" al lado de la "A". Desde entonces, no paro de lanzarme a aquel abismo cada vez que me cruzo esas dos canicas de vidrio negras.

Apareció curiosa y hasta desafiantemente en mi escritorio. Intrigado, y despejado de cualquier pensamiento que no sea leerlo, me acerqué al libro. Noté algo de lo que antes no me había percatado; algunas páginas estaban armadas de trozos de papel, pegados unos con otros por una cinta del mismo material. Además, estaban, a diferencia del rest, escritas a mano.
En ese momento un estruendoso trueno rompió el silencio e iluminó la habitación a través de mi ventana. Me olvido del libro, para bajar la persiana, ya que, un segundo después del rayo, comenzó una lluvia importante, de la cuál no escuché nada en el meteorólogo. Cuando nuevamente volví mi atención al libro, me sobresalté: ya no sostenía la misma reliquia que había encontrado en el cajón de papá una semana atrás. Tenía en mi posesión ahora un
ejemplar moderno, nuevo, con un aspecto de haber sido recientemente comprado. Ahora la tapa mostraba algo más que el título—que no varió—. Esta vez constaba de una imagen: una esquina de, al parecer, una habitación. Una mochila glauca, en la que figuraban un cierre principal y uno secundario, de la mitad de tamaño del anterior, me resultaba apasionantemente familiar.

Iara era una de esas chicas que con sólo verlas te das cuenta de que están muy lejos de tu alcance. Justamente por ser extremadamente linda, podía estar con el chico que quisiera. ¿Por qué querría estar conmigo? No importaba lo mucho que me quedaba mirándola todas las mañanas, sabía que nada iba a pasar. No obstante, y como alguna vez leí, la vida es tan impredecible como el fútbol. O como una impresora, máquinas poseídas de las que se desconoce el tiempo de impresión de un documento y que tanto me fastidian.
Aquel lunes, Dios sabrá lo calentito que estaba antes de que "Welcome to the jungle" me despertara, había soñado con ella. Eran las 5:55 am, y ya estaba pensando en ella.
Me incorporé en la cama y me quedé mirando fijamente el piso. Pensaba en el sueño, en ella. Soñé que estábamos en el mástil, en el patio del colegio. Ella tenía su mochila verde claro, y yo una que usaba para guardar la ropa del torneo de los viernes. Supongo que era viernes entonces. No sé bien de qué hablábamos, pero me estaba alegrando el día. Es raro, porque yo los viernes estoy contento. ¿Por qué estaría deprimido ese viernes en especial?
Nos empezamos a reír. Ella me regalaba una sonrisa que me provocó un nudo en el estómago. Era hermosa. Nos sentamos y seguimos charlando. Ella me miraba con esos—y vuelvo a citar a Oesterheld—"ojos abismo". Me quedaba mirándola. Estaba apoyando mis manos sobre mis rodillas cuando ella me las tomó y las juntó. Esa tarde sentí la piel más suave, una piel que, sentía yo, estaría por el resto de mi vida acompañándome, tocándola.
Petisa, Iara me dijo algo. Algo de importancia. Algo trascendental. Algo primordial. Algo que cambiaría mis últimos cuatro años en la secundaria. Algo que quedó tapado por un solo de guitarra eléctrica, que solo cesó cuando apreté "parar alarma".

Las álgidas semanas amenazaban con la llegada del invierno. Y la llegada del invierno significaba la época más dura, para mí, del año. Éso, sumado a que yo soy de esas personas que sienten frío permanente sin importar la temperatura que haya, me jugaba notablemente en contra. Siempre estoy abrigado. No entiendo por qué y los médicos nunca lo van a entender. Es irrelevante la sensación térmica, o que el lugar cerrado en el que me encuentre esté
calefaccionado por las mejores estufas. Yo, tengo frío en donde esté. Y la llegada del invierno me decía que me esperaban tres meses de tortura, y no por la escuela.
A pesar de tener todos estos factores en contra, había uno a favor que los cancelaba. Un ingrediente que me alegraría todo el invierno: Iara formaba delante mío. Podría verla todas las mañanas en la formación. Además, y esto hacía del invierno el mejor desde que egresé, Iara tenía un escudo de Ferro en la mochila. El hecho de que ella haya agregado ese emblema supone una simpatía hacia el club de Caballito. Una inexplicable pasión que solo era visible en los vecinos del barrio. Así llegué a la conclusión de que, al igual que mí, Iara vive en Caballito. Es esto en realidad una teoría, pero viste también otras prendas deportivas del club, por lo que comprobé esta hipótesis cuando la vi saliendo de la cancha de hockey, después de mi entrenamiento.
La miré y luego ella a mí y entendimos, los dos, que íbamos al mismo colegio.

Haré ahora referencia al misterioso libro. Desde que lo encontré en el cajón, no para de aparecerse en lugares obvios; en mi escritorio, en mi cama, al lado de mis zapatos del colegio o hasta dentro de la mochila. Intenté devolverlo a su lugar de origen, pero sus continuas apariciones lograron perturbarme lo suficiente como para recurrir a singulares medidas. Describo hasta acá el comienzo de una preocupación que terminó siendo alarmante.
Resultó evidente que alguien deseaba que leyera el libro. O algo. ¿Pero quién, de entre mis familiares que compartían vivienda conmigo, pretendía que leyera un libro que, de habérmelo pedido, leería? Juampi, mi hermano mayor, fue mi primer sospechoso. Aunque también casi llego a agregarlo a la lista de descartados, ya que es él el que me sugiere todos los libros que he leído. Por lo tanto, es el que más sabe cómo pedirme que lea algo. Investigué la posibilidad de que sea mamá quien, con rústicos y además nulos intentos, sugería la lectura de "Autobiografía del lector". Era contingente, pero me resultaba algo inverosímil. También tenía dudas con papá; ¿por qué no quería que lo leyera? ¿Por qué lo escondió? Y más importante, ¿a quién envió ese mensaje de texto?
Surgió al hacerme esta última pregunta la duda de si era por esto que mandó ese mensaje, porque sabía que, si no lo ponía bajo llave, sucederían estas apariciones.
Fue la curiosidad la que me empujó a fisgar en las vidas de mis parientes. El deseo de saber lo desconocido también generó que leyera aquel libro particular. Como he descripto anteriormente, el exterior del libro era coincidente con el de uno nuevo. Al leerlo, descubrí algo insólito: las páginas relataban mi vida. Pensé, desde luego, que se trataba de una inconcebible coexistencia entre el libro y mi vida. De hecho, resultó que lo era; había una conexión entre el
libro y mi rutina, que sólo se explicaba admitiendo un igualdad entre lo que a mí me sucedía y el libro. No era casualidad, todo estaba allí. Mis amigos, mi familia, mis hábitos. Entre éstos el cole, piano, Ferro, Iara...
Iara. Ignoro si la mencioné porque ya me está resultando un hábito o por si, dentro del hiperónimo "hábitos" estaba Ferro, y al pensar en Ferro, recordé a Iara.
Citaré un capítulo (aclaro que sí, estaba, curiosamente, dividido en capítulos):
"Otro cansador martes terminaba para Nahuel. Ésto tampoco era bueno, ya que también significaba el comienzo de un miércoles atroz. Llegar a casa tarde, y ni siquiera tener tiempo para descansar. No obstante, tal vez hoy sí pueda darse el lujo de merendar.
Se quedó dormido sobre una exquisita medialuna de jamón y queso que, para cuando fue despertado por su madre, había desaparecido.
—Nene, te quedaste dormido—dijo, a pesar de las palabras que usó, con ternura, su mamá—. Te voy a pedir un favor—prosiguió mientras Nahuel se despabilaba—: mañana Santi falta, se siente mal. Le pidió prestada la carpeta de historia a una compañera para completarla. Necesito que se la devuelvas, ¿sí? Nos vemos—saludó al recién despertado de su hijo y se fue al trabajo."
Cabe aclarar que Santiago es mi hermano menor, de 12 años, que en ese momento cursaba primer año en el mismo colegio que yo.
"Nahuel se quedó meditando: era probable que Santiago esté más sano que nunca y que en realidad vaya a faltar por no haber llegado a completar la carpeta de historia. Tomó la carpeta que su madre había dejado sobre la mesa y la puso en la mochila. En la carátula la siguiente leyenda: Iara García, 1° B Comunicación Social."

Me resignaba firmemente a aceptar que había leído eso.

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